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Chicos que odian a las mujeres

Katarzyna Kozak-Piskorska
21/04/2026
12 minut(y)

En marzo de 2026, CNN publicó los resultados de una investigación de varios meses. Los periodistas descubrieron un ecosistema oculto — sitios web, foros y grupos cifrados donde la violencia sexual contra las mujeres se documenta, se vende y se recompensa con validación social. Una plataforma pornográfica alberga más de 20,000 videos en la categoría conocida como „sleep” — grabaciones de mujeres filmadas sin su conocimiento mientras están inconscientes o drogadas. En febrero de 2026, el sitio registró más de 62 millones de visitas. Una sola plataforma. Un solo mes.

Un grupo de Telegram vinculado a ella reunía a cerca de mil hombres que intercambiaban abiertamente consejos: cómo drogar a una pareja, cómo no dejar rastros, dónde conseguir las sustancias, cómo grabar en la oscuridad. Los periodistas de CNN se infiltraron con identidad encubierta. Les escribían hombres que compartían links a grabaciones de sus esposas dormidas. CNN lo llamó una „academia global de violación”. No en sentido metafórico.

Según la Organización Mundial de la Salud, una de cada tres mujeres en el mundo — aproximadamente 840 millones — ha experimentado violencia física o sexual por parte de una pareja u otra persona a lo largo de su vida. Esta cifra no ha cambiado significativamente desde el año 2000. Solo en 2023, 316 millones de mujeres y niñas sufrieron este tipo de violencia. El avance en la reducción de estos números es de apenas un 0.2% anual.

La escala de la violencia contra las mujeres es tan amplia que, estadísticamente, cada una de nosotras tiene un agresor en su círculo social. ¿Qué lleva a un hombre — no a un monstruo de cuento, sino a un hombre con foto de perfil, con trabajo, muchas veces con hijos — a entrar a un grupo donde aprende a violar a una mujer dormida? Esa pregunta no es retórica. Esa pregunta es fundamental.


Parte I: Por qué „chicos” y no hombres

Antes de hablar de las causas, vale la pena detenerse en la palabra misma. La uso con plena conciencia. Un chico — en el sentido psicológico — es alguien que no ha completado el proceso de maduración emocional. No ha integrado su vulnerabilidad con su fortaleza. No ha trabajado su relación con la madre. No ha aprendido a identificar ni a regular sus emociones. Vive en un mundo donde su valor depende de cuánto es visto, admirado, tolerado y servido por los demás — especialmente por las mujeres.

Un hombre — en ese mismo sentido — es alguien que ha hecho el trabajo. Que se ha encontrado con su sombra y no ha huido. Que tiene acceso a todo su espectro emocional, no solo a los sentimientos permitidos por los códigos de la masculinidad. Que puede ofrecerle a su pareja una relación sana y simétrica — no porque sea perfecto, sino porque no la necesita para que lo administre. No porque no cometa errores, sino porque es capaz de hacerse responsable de ellos.

Un chico busca una madre en cada mujer que tiene a su lado. Y cuando una mujer no le da lo que espera — cuando pone un límite, se niega, se va, no llena el rol que él le asignó — el chico se siente traicionado. Abandonado. Y enojado hasta los huesos. Muchas veces tan profundamente enojado que ni él mismo lo ve. Ese enojo tiene nombre: la herida materna no sanada.


Parte II: De dónde viene el odio hacia las mujeres

La herida materna

La psicología profunda lleva décadas diciéndolo. Carl Jung escribió sobre la „madre interior” — un patrón de feminidad incorporado que se forma en la infancia y que determina, de por vida, cómo un hombre percibe a las mujeres. Si la madre fue fría, emocionalmente inaccesible, controladora o — paradójicamente — demasiado idealizada — el hombre llega a la adultez cargando una herida que muchas veces ni siquiera puede nombrar.

Esa herida se convierte en un proyecto inconsciente: encontrar a una mujer que llene lo que la madre no dio. Una mujer que ofrezca amor incondicional, que resuelva cualquier situación, que lo aguante todo, que siempre esté disponible, que nunca se vaya, que nunca decepcione, que nunca se canse. Una mujer-madre. Cuando una mujer real — con sus propias necesidades, límites, estados de ánimo y vida propia — no cumple esa fantasía, el hombre construye en su interior una sensación de traición mucho más profunda que cualquier conflicto superficial. Y es ahí, en esa brecha entre la fantasía y la realidad, donde nace el enojo oculto.

Oculto, porque el chico aprendió a no mostrarlo. Porque su madre, su padre, la escuela, la cultura le enseñaron que ciertas emociones simplemente no se tienen. Entonces el enojo se va hacia adentro. Se convierte en resentimiento. Se convierte en desprecio. Se convierte en violencia — a veces emocional, a veces económica, a veces sexual y física.

Masculinidad tóxica y lo femenino no integrado

Todo ser humano — sin importar el género — carga dentro de sí tanto lo que la cultura llama „masculino” como lo que llama „femenino”: fortaleza y vulnerabilidad, agencia y receptividad, racionalidad y emoción. Jung llamó a este aspecto femenino en la psique masculina el Anima.

Cuando un hombre crece en un sistema que le dice que la vulnerabilidad es debilidad, que llorar es vergonzoso, que pedir ayuda es fracasar — suprime su Anima. Empujada al inconsciente, no desaparece. Comienza a vivir su propia vida. Se proyecta en mujeres reales — ellas se convierten en portadoras de todo lo que el hombre no puede aceptar de sí mismo. Portadoras del „virus de la feminidad”.

De ahí surge ese patrón tan específico: un hombre que desea y necesita desesperadamente a las mujeres, y al mismo tiempo las desprecia. Que necesita su validación pero la castiga por esa necesidad. Que quiere poseerla y controlarla, porque no puede aceptar que ella — representante de su Anima — sea libre e independiente.

La masculinidad tóxica es el sistema que sostiene y recompensa este mecanismo. Le dice a los hombres que la dominación es dignidad. Que la mujer es un recurso, un trofeo o una amenaza. Que la sexualidad femenina es algo que hay que controlar — y si un hombre no lo hace, es débil. Las „academias” en internet no crean esta creencia desde cero. La amplifican, la estructuran y construyen comunidad a su alrededor.

Prueba social y radicalización algorítmica

Los hombres que odian a las mujeres raramente viven en aislamiento. Viven en ecosistemas — grupos, foros, canales — donde el odio es el lenguaje de la comunidad. Donde cada video, cada chiste, cada comentario refuerza la sensación de que „así son las cosas” — que las mujeres son enemigas, que merecen lo que les pasa, que la violencia es una forma de justicia o al menos un elemento de la normalidad.

Los algoritmos amplifican lo que genera engagement. El enojo genera más que la calma. El desprecio genera más que el respeto. El contenido que presenta a las mujeres como objetos, amenazas o víctimas — genera alcance, porque así está construido el sistema de optimización.

Dominique P. — un francés sentenciado en 2024 por la violación sistemática de su propia esposa, para la cual reclutó a otros hombres por internet — usaba una plataforma donde los hombres se buscaban mutuamente, y no era un entorno criminal en ningún sentido tradicional. Había maestros, choferes, enfermeros. Hombres con fotos de perfil y vidas cotidianas.


Parte III: Qué podemos hacer nosotras como mujeres

La violencia contra las mujeres es una elección del agresor. Siempre. Sin excepción.

Al mismo tiempo: vivimos en este mundo, no en otro. Y nuestros patrones internos — cómo nos criaron, qué nos enseñaron sobre el amor, el sacrificio, el valor de ser elegidas — pueden llevarnos a entrar inconscientemente en dinámicas que nos destruyen. No porque seamos débiles. Porque los patrones son viejos y están profundamente arraigados. Trabajar en una misma no es admitir culpa. Es recuperar la agencia.

Deja de querer ser elegida. Empieza a elegir

La cultura del „pick me” — de la mujer que hace todo para ser elegida por un hombre, para demostrar que es suficiente — es uno de los patrones más destructivos que conozco. Se basa en la creencia profunda de que el valor de una mujer es asignado desde afuera. Que sin la aprobación masculina, estás incompleta.

Elegir conscientemente se ve diferente. No te preguntas „¿me quiere él?” sino „¿lo quiero yo?” No „¿soy suficiente para él?” sino „¿es él suficiente para mí?” No „¿cómo hago para no perderlo?” sino „¿de verdad quiero quedármelo?” Eso no es arrogancia. Eso es subjetividad.

Hay un patrón que ilustra la trampa de „querer ser elegida” de manera especialmente dolorosa — y ese es el rol de la amante. Ser la amante se vive muchas veces como prueba de excepcionalidad. Total, él arriesga algo por mí. Me está eligiendo. Su esposa no le da algo que yo sí le doy — soy más atractiva, más emocionante, más libre. Soy la que importa más. Bullshit.

Primero: la amante no tiene idea con qué versión de ese hombre lidia su esposa. Ella solo lo ve en el contexto del romance — donde él siempre tiene tiempo, siempre es encantador, siempre dice que sí. No lo ve cansado, frustrado, obsesionado con sus propios problemas, incapaz de intimidad cuando deja de convenirle. La esposa tiene el panorama completo. La amante tiene un fragmento cuidadosamente recortado.

Segundo — y esto es lo más importante: él no elige a la amante. Casi siempre se queda con su esposa. La decisión sobre con quién construyes una vida, con quién compartes el día a día, a quién le presentas a tu familia, cuyo nombre aparece en la cuenta compartida — esa es la elección. La amante es entretenimiento. Un momento de evasión. Una fuente de su propia validación — prueba de que todavía es atractivo y deseable.

La rivalidad entre la esposa y la amante es una pelea por los recursos de un hombre que se beneficia de esa pelea. En vez de competir, vale la pena detenerse y evaluar con claridad el valor de la persona en cuestión. No a través del lente de cuánto te desea, sino a través de cómo se comporta. Qué patrones tiene. Qué dicen sus acciones, no sus palabras. Aquí las referencias son invaluables — conversaciones con otras mujeres que lo conocen, que estuvieron con él, que lo vivieron. Las mujeres tenemos información sobre los hombres, en vez de esconder ese conocimiento, podemos compartirlo. Eso no es chisme. Eso es protección mutua.

No entres en el rol de madre, sanadora, salvadora

Las mujeres somos socializadas para cuidar. Para reparar. Para ver potencial donde otras personas ven señales de alarma. „Es así porque tuvo una infancia difícil.” „Necesita a alguien que crea en él.” „Yo lo voy a cambiar.”

No lo vas a cambiar. No porque no seas suficiente — sino porque no es tu trabajo. Tu amor no es terapia. Tu cuerpo no es una recompensa por la redención de alguien más. Tu presencia no es el remedio para la herida materna no sanada de otra persona.

Un hombre que te necesita en el rol de su madre no está listo para una relación de pareja. Puedes extrañarlo. Puedes entender su dolor. Puedes tenerle compasión. Y puedes elegir no elegirlo.

Confía en lo que ves — no en lo que imaginaste

Las señales de alerta no son pruebas que hay que pasar. Son información. Cuando alguien muestra desprecio en el primer conflicto — eso es información. Cuando minimiza tus emociones — eso es información. Cuando no respeta un „no” — eso es información. Cuando hace „chistes” sexistas — eso es información.

La ilusión, la imaginación, el potencial — eso no es la persona frente a ti. Eso es una proyección. Y enamorarse de una proyección en vez de una persona es uno de los caminos más directos al trauma bonding. El trauma bonding — el vínculo que se forma en el ciclo de idealización, devaluación y regreso — es únicamente un mecanismo neuroquímico, no una prueba de amor. La intensidad no es profundidad. El dolor no es prueba de compromiso. El caos no es pasión.

No aceptes ningún tipo de violencia — empezando por la más pequeña

Un chiste sexista no es „solo un chiste”. Es un sondeo de límites. Una verificación de cuánto aguantas. Una normalización. Cuando lo ignoras, cuando te ríes, cuando te convences de que estás exagerando — estás comunicando que ese límite no existe.

Decir en voz alta lo que no está bien es incómodo. Especialmente en grupo. Especialmente cuando él está sonriendo y todos se están riendo. Pero el malestar momentáneo es menor que el costo de normalizar la violencia simbólica.

Construye sororidad en vez de competir

Una de las estrategias más efectivas del patriarcado es lograr que las mujeres compitan entre sí por recursos — la atención de los hombres, la aprobación social, el estatus. Una mujer que pelea contra otras mujeres no tiene tiempo ni espacio para construir alianzas con ellas.

La sororidad no es un slogan. Es una práctica. Es elegir la confianza en vez de los celos. Decirle la verdad a una amiga cuando ves que está en una relación destructiva — aunque ella no quiera escucharlo. Creerles a las mujeres que hablan sobre la violencia que vivieron. No juzgar sus decisiones cuando se van. No juzgar sus decisiones cuando se quedan.

También significa hablar. Sobre lo que vemos. Sobre cómo nos socializaron. Sobre lo que nos duele. Nombrar las cosas juntas, en voz alta, es una de las formas más poderosas de resistencia.

Cuida tu seguridad — de manera concreta, todos los días

Confía en tu intuición — la evolución la ha estado perfeccionando por millones de años. Cuando sientes algo — incomodidad, inquietud, una repentina sensación de amenaza — eso es información, no una exageración. Las mujeres somos socializadas para ignorar esa información, para racionalizarla: „es buena persona”, „seguro estoy exagerando”, „no quiero ser grosera”.

Dile a alguien dónde estás. Establece señales con tus amigas. No te dé pena cortar una cita, salirte de una fiesta, bloquear a alguien sin dar explicaciones. Tu seguridad importa más que la comodidad de alguien más.


En lugar de conclusión

La investigación de CNN visibilizó lo que muchas de nosotras sentíamos pero no podíamos ver con tanta claridad: que existe una infraestructura organizada, en red y global de violencia contra las mujeres. Que no es la patología de individuos aislados. Que es un fenómeno escalable, amplificado algorítmicamente, financieramente rentable.

Los chicos que odian a las mujeres existen. Pero tú no tienes que repararlos. No tienes que salvarlos. No tienes que demostrar tu valor frente a su desprecio. Tienes derecho a elegir. Tienes derecho a decir que no. Tienes derecho a irte. Tienes derecho a estar enojada. Más aún: tienes derecho a estar encabronada. Tienes derecho a exigir más.

Y un hombre maduro — el que ha hecho el trabajo — no va a discutir nada de eso. Te lo va a agradecer.


Si este artículo te importó — compártelo con una mujer que pueda necesitarlo. Eso también es construir sororidad.

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Autor

Katarzyna Kozak-Piskorska

Certyfikowany Coach Zdrowia i Dobrostanu. Wspieram Kobiety w drodze do Emocjonalnej Autonomii – życia, w którym wybierają siebie i swoją sprawczość.

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Na szczęście obecność to kompetencja, której można się nauczyć. To każda mała decyzja o odłożeniu telefonu, o spojrzeniu w oczy, o przypomnieniu sobie, co jest dla nas naprawdę ważne 💎

[Foto: @kunda_art]

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